Análisis Político
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Sectores de la burguesía española están empeñados en forzar un cambio político en Ciudadanos para que se adapte a las necesidades de sus intereses de clase actuales; esto es, reconstruir el “centro político” con un acuerdo PSOE-C’s. Pretenden así frenar la polarización izquierda-derecha y el conflicto democrático y de clase que subyace en la misma. Además de la cúpula del PSOE, la burguesía parece haber encontrado también para esta jugada un aliado inesperado, Íñigo Errejón y su nuevo movimiento político.

Un artículo de El País

Hace unos días apareció un artículo en El País, titulado “La función política de Ciudadanos”, que es admirable en muchos sentidos. Su autor, un cualificado analista político del periódico, Francesc de Carreras, habla a las claras y sin rubor, dando rienda suelta a los deseos e intereses de un sector muy poderoso de la clase dominante española, el Ibex35, que normalmente encuentra en El País a su vocero principal.

El autor coge el toro por los cuernos, cuando dice:

"El papel de Cs era muy interesante: constituirse en partido bisagra entre estas viejas y aún poderosas formaciones [PP y PSOE] con el fin de que, como había sucedido en tantas ocasiones, formar mayorías parlamentarias de gobierno no dependiera de los partidos nacionalistas vascos y catalanes, ni tampoco de los nuevos partidos populistas situados en los extremos, Podemos y Vox".

Y añade, más tarde:

"Sin embargo, inesperadamente, en los últimos seis meses Cs abandonó esa meritoria tarea y optó por sumarse a la derecha pretendiendo vanamente, como era de esperar, encabezarla para acceder a presidir el Gobierno del Estado."

Y aquí, lo mejor:

"Y lo que es peor, contribuyó a dividir a los partidos españoles en izquierdas y derechas en lugar de partidos constitucionalistas y populistas, sean estos últimos de carácter nacionalista o social".

La recomendación del articulista es obvia:

"Es momento de que los intereses generales se sitúen por encima de los intereses de partido y Cs recupere su antigua función de partido bisagra. Hay muchas fórmulas para el acuerdo. Cs debe ser humilde por su inferioridad en votos y escaños, el PSOE debe ser generoso para pasar página de recientes desencuentros".

En primer lugar, vemos aquí el desprecio y la arrogancia de clase del articulista: que la mayoría de la población se haya expresado políticamente el 28A por partidos de izquierdas, nacionalistas y regionalistas (55% en votos y 57% en diputados), que están oposición frontal a la derecha española (PP, Cs y Vox), ¿qué importa? ¿Qué importa el "con Rivera, no" que gritaba la militancia socialista en la noche electoral del 28A? 

Así, la aritmética parlamentaria es una formalidad para la burguesía. Aquélla debe ajustarse a sus intereses de clase. Su mandato es claro: "PSOE, con Rivera sí". Esto es a lo que el articulista se refiere cuando dice que "los intereses generales deben situarse por encima de los intereses de partido". Por supuesto, “los intereses generales” se corresponden para el señor Carreras con los intereses de los bancos, las grandes empresas y del aparato del Estado que, por algún extraño mandato divino, deben situarse por encima de la voluntad mayoritaria expresada por la población.

En realidad, los reproches del articulista a la dirección de Cs son muy injustos. Pues fue la misma burguesía quien azuzó a Cs en su giro a la derecha, no “hace seis meses”, sino un año y medio atrás, coincidiendo con el “otoño catalán” de 2017, cuando levantó una venenosa campaña de chovinismo españolista y de agitar de banderas para tratar de movilizar a la población española contra el “separatismo”. Más aún, fue esta campaña españolista desvergonzada la que pavimentó el camino para el auge de Vox entre la base tradicional de la derecha. La pretensión de los dirigentes de Cs de reemplazar al PP como el partido dominante en la derecha no fue tanto responsabilidad suya sino del mandato que recibió de la misma clase dominante, ya a comienzos de 2018, cuando el PP se venía abajo en las encuestas de opinión tras la serie inacabable de casos de corrupción y las primeras sentencias judiciales contra el partido, y había que buscar apresuradamente un reemplazo.

En aquellos momentos, El País cocinaba encuestas para la ocasión, como la que publicó a mediados de mayo, semanas antes de la moción de censura contra Rajoy, y que daba a Ciudadanos porcentajes de voto cercanos al 30%.

Fue esto lo que empujó a Cs a competir más y más con el PP por su electorado. La fenomenal irrupción de Vox en el otoño de 2018, herencia del ambiente de semirreacción españolista que había afectado meses atrás a amplios sectores de la clase media y que también alcanzó a capas de la clase obrera, fue otro elemento en este proceso. Perdiendo intención de voto a su derecha, el PP giró hacia las posiciones de Vox, lo que obligaba a su vez a Cs a girar más aún a la derecha para no perder pie en el electorado conservador.

Pero he aquí que el inesperado resultado de las elecciones andaluzas de diciembre sentó un punto de inflexión, con el triunfo del “trifachito”, que despertó a la clase obrera de su hasta entonces justificada modorra política y preparó el giro a la izquierda que vimos en las elecciones generales del 28 de abril.

Fue sólo tras el efecto social del “trifachito” andaluz, cuando el sector más clarividente de la clase dominante en el Ibex35, asustado por la reacción de la clase obrera ante la posibilidad del triunfo de un “trifachito” español el 28A –con payasos lunáticos y reaccionarios esperpénticos marcándole la pauta al gobierno– decidió que ya era suficiente. Fue entonces, y sólo entonces, cuando y empezó a marcar distancias con la estrategia de Ciudadanos, conminándole a que volviera al “centro”. Lamentablemente para ellos, su llamamiento llegó demasiado tarde, después de tan largo camino recorrido, pues el aparato de Ciudadanos veía el 28A como una oportunidad única de dar el “sorpasso” al PP y acariciar la idea de gobernar el país, a la manera andaluza. Finalmente, lo ocurrido el 28A ya es conocido.

No puede resultar más cínico, por tanto, el reproche que lanza Carreras a Cs por haber girado a la derecha y haberse aliado a PP y Vox, contribuyendo así, según él,  "a dividir a los partidos españoles en izquierdas y derechas en lugar de partidos constitucionalistas y populistas", escondiendo el papel en todo esto de la misma clase dominante.

La trampa del “populismo”

Dicho esto, encontramos aquí un punto muy interesante en la cita anterior, que no debe pasar desapercibido, porque va al meollo del asunto, y es la mención de la responsabilidad que Carreras atribuye a Cs de haber dividido a los partidos “en izquierdas y derechas en lugar de partidos constitucionalistas y populistas”. Ahí lo tenemos.

Izquierda y derecha son términos que hablan, política y culturalmente, en líneas de clase, en términos de intereses contradictorios y opuestos entre obreros y burgueses, entre oprimidos y opresores, entre pobres y ricos, entre avance y retroceso social y cultural.

En cambio, los términos “constitucionalista” y “populista” borran cualquier referencia de clase, borran la opresión y la explotación, apelan al individuo (ciudadano) desligado de cualquier función o condición social específica: ¿trabajas o estás parado, tienes vivienda, llegas a fin de mes, vives en un barrio pobre o rico, trabajas para otro o vives del trabajo de otros, etc.?

El término "constitucionalista" tiene “glamour”: suena razonable, estás con la ley y la moderación, etc. El término "populista", aparte de su carácter inherentemente interclasista, tiene connotaciones oscuras, es sinónimo de demagogo, suena peligroso, genera incertidumbre, te ubica fuera de la realidad, etc.

Esta es una de las razones por las que siempre nos hemos opuesto al uso del término "populista" en la caracterización de políticas, partidos y dirigentes. Es un término vacío que no define nada, ni en su forma ni en su contenido, desligado de cualquier connotación de clase; pero que, en cambio, resulta muy útil a la burguesía para engañar, confundir y ocultar el contenido de clase de la lucha política general. Lamentablemente, algunos en la izquierda se aprestan a esta confusión, entrando al trapo de la ideología  de la clase dominante, pensando que deben estar al día en el "último grito" de la política moderna.

Sólo en este ejemplo y en este testimonio invalorable de un analista burgués inteligente, que se ha expresado con más claridad y sinceridad de las que debía, se ve el enorme daño político e ideológico que han provocado los dirigentes de Podemos (Iglesias y Errejón) con su fraseología oportunista de "ni izquierda ni derecha", hasta hace muy poco, y sobre las que se ha apoyado entusiastamente la burguesía y partidos como Cs y Vox para reforzar su discurso patriotero de la “unidad nacional”, mientras ayudaban a confundir y a maleducar a la nueva capa de activistas jóvenes que se incorporaron a la lucha desde 2014 en adelante.

El PSOE, dispuesto

La dirección del PSOE no ha perdido tiempo en simpatizar con la idea de un acercamiento a Cs, comenzando por su ala más derechista, García-Page en Castilla-La Mancha y Javier Lambán en Aragón. Concretamente, García-Page ha declarado: “Sánchez está dispuesto a resetear y sorprender con Ciudadanos”. Con este horrible anglicismo informático, resetear, Page quiere decir, en lenguaje llano, que en relación con Ciudadanos: lo pasado, pasado; y pelillos a la mar. Y Sánchez no lo ha contradicho.

Está claro que Sánchez no quiere un gobierno de coalición con Unidos Podemos. Por muy poco que le exijan los dirigentes de UP –y es realmente muy poco lo que le exigen– una coalición de izquierdas despertaría importantes expectativas en las familias obreras y sectores progresistas de las capas medias, que no se conformarían con algunas migajas. La ministra de Economía, Nadia Calviño, ya ha declarado que cierra la puerta a revertir la reforma laboral del PP, mientras que el secretario general de UGT, Pepe Álvarez, le ha respondido que los sindicatos saldrán a la calle si no la deroga. La presión estaría más en el lado de Sánchez que en el de Iglesias; y una eventual, e inevitable, claudicación ante los empresarios y poderosos, con la también inevitable salida de UP del gobierno, le dejaría muy expuesto. Sánchez, que no deja de ser la pata izquierda del régimen, prefiere aguar esas expectativas y soñar con la perspectiva de que Cs baje del monte, sellar un acuerdo con este partido, y así justificar el alcance limitado de sus migajas sin poner en riesgo la estabilidad del régimen ni los beneficios de los empresarios.

El errejonismo sale en apoyo del lavado de cara de Ciudadanos

Inesperadamente, a la burguesía y a la cúpula del PSOE le ha salido un apoyo desde la “izquierda” en su intento de blanquear políticamente a Ciudadanos. En una reciente entrevista en eldiario.es, Íñigo Errejón, el dirigente de Más Madrid, la escisión de derechas de Podemos, ha declarado: "Ofrecemos a PSOE y Ciudadanos un acuerdo para que el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid no dependan de Vox". Y añade: “Una fuerza política que se llama liberal [Cs] no se puede hacer una foto con el partido más corrupto de Europa y con la extrema derecha”.

Ahí lo tenemos. Errejón no se cierra a aceptar a Begoña Villacís como alcaldesa de Madrid, si eso le cierra el camino al PP. Y nosotros preguntamos, ¿cómo se puede depositar confianza en Cs, otorgarle credenciales democráticas y progresistas, frente al PP, si es un partido de derechas que no tiene ninguna diferencia fundamental ni con el PP ni con Vox? ¿No lo demuestra el caso andaluz? ¿No se ha desgañitado Rivera estos meses diciendo que su socio preferente de gobierno es el PP? ¿No están claros para todos los vínculos que unen a Cs con las grandes empresas, el aparato de Estado neofranquista y la embajada de Washington en Madrid? ¿Cree ingenuamente Errejón que una vez alzado el bastón de mando del Ayuntamiento, Cs va a realizar una política favorable a los barrios obreros  y se va a olvidar de sus vínculos con las empresas que se enriquecen con los tratos de favor del ayuntamiento? Esa supuesta derecha “democrática”, “liberal” y “europea” que representa Cs es sólo un taparrabos para explotar al país a favor de los ricos, sólo que con un rostro “más amable”.

¿Quiere esto decir que somos insensibles a una alcaldía o comunidad de Madrid, o en otro sitio, en manos del PP? En absoluto. Lo que no aceptamos es meter al PP al mando en todos estos sitios por la puerta de atrás y venderlo como una victoria, pues a la hora de la verdad serán las políticas de PP-Cs las que se aplicarán no las del PSOE, de Podemos ni de Mas Madrid. Frente al sentimiento de pánico de Errejón ante eventuales gobiernos del PP, tan típico en los intelectuales de clase media, debemos oponer la organización y movilización social. No existe otra vía, en lugar de caer en maniobras por arriba que, a la postre, no solucionan nada y sí frustrarán a nuestras bases.

Aunque, afortunadamente, no parece que esta maniobra tenga éxito para el ayuntamiento de Madrid –¡por el rechazo de Cs!– en el caso hipotético que sí lo tuviera, eso sólo realzaría la autoridad de Cs entre las familias trabajadoras al transmitir la idea de que los de Cs no son tan malos, que se puede confiar en ellos. Mañana, Pedro Sánchez podría apoyarse en este precedente para establecer un gobierno de coalición con Cs ¿qué autoridad tendría Íñigo Errejón para reprochárselo? Absolutamente ninguna. De hecho, habría sido un cómplice necesario.

El deber de un dirigente de la izquierda que merezca ese nombre no debe ser contemporizar con el enemigo de clase ni dulcificar su carácter, sino denunciarlo en los términos más enérgicos. Lo que va en el interés de las familias obreras españolas, de la lucha democrática en Catalunya y contra el aparato neofranquista del Estado, es mostrar la verdadera cara de Cs y ubicarlo en la misma trinchera que PP y Vox, desacreditarlo ante los ojos de millones de trabajadores, jóvenes, mujeres y sectores progresistas de la clase media, en lugar de atraerlo a un pacto con la "izquierda amable" de PSOE-Errejón.

De esta manera vemos cómo se ha formado un bloque no declarado entre el sector más inteligente de la burguesía española, la dirección del PSOE y el amigo Íñigo Errejón para tratar de robarle a la mayoría de la población su victoria del “con Rivera, no” del 28 de abril.  

El errejonismo, al desnudo

Esta posición de Errejón no nos sorprende en absoluto. Durante estos años, Errejón y sus partidarios en Podemos –entre los que debemos incluir ahora al exdirigente de Podemos-Madrid y expablista, Ramón Espinar, quien se ha despachado sobre el tema  con un artículo en eldiario.es– nos decían que su estrategia de abandonar el discurso “izquierda-derecha”, de declarar anticuado el marxismo y la noción de lucha de clases, y de apelar a todo el pueblo y al patriotismo español, eran nuevas fórmulas discursivas para aglutinar masas de apoyo más grandes que harían más fácil ganar elecciones y llegar al gobierno.

Al final, lo que la realidad ha demostrado es que este cambio de discurso sólo era un reflejo de la misma política oportunista de toda la vida de ceder a la presión de la clase dominante y de integrarse al régimen sin amenazarlo en absoluto.

Su admirada Manuela Carmena, con el apoyo de sus partidarios en el ayuntamiento de Madrid, cedió a la presión del BBVA y avaló el Plan Chamartín que consiste en entregar suelo público a la especulación inmobiliaria, sacrificando viviendas sociales y zonas verdes; apoyó el intento de golpe de estado imperialista en Venezuela, reconociendo a Juan Guaidó como presidente de este país, y declaró que “los que quieran un mundo sin empresas no pueden gobernar”, en referencia demagógica y despectiva a la candidatura de izquierdas de IU-Madrid en Pie, de Carlos Sánchez Mato. El propio Íñigo Errejón escurrió el bulto cuando le preguntaron un par de días antes de las elecciones del 26M su opinión sobre la decisión de la Mesa del Congreso, con la oposición de Unidos Podemos, de suspender de sus derechos a los diputados independentistas en prisión preventiva: “Me pilla muy lejos”, declaró. Su ahora partidario Ramón Espinar declaró en la entrevista antes citada que Unidos Podemos comete un error situando a los independentistas, incluyendo ERC, dentro del campo progresista, haciéndose eco así de la presión españolista reaccionaria del régimen monárquico borbónico. Ahora, Errejón se suma a la campaña de un sector de la burguesía y del PSOE de tratar de blanquear a Ciudadanos. La clase dominante no puede creer su suerte, en lugar de una (la dirección del PSOE) tiene ahora dos patas sosteniendo el flanco izquierdo de su régimen.

No obstante, las expectativas de cambio traídas por el 28A siguen siendo muy altas. Las familias obreras no aceptarán excusas: quieren ese cambio, lo exigirán y lucharán por él. Y aquellos que traten de frustrarlos o de poner piedras en el camino quedarán desacreditados y serán apartados por el viento fresco de la lucha de clases, que no sólo existe, sino que hará valer sus derechos.