Cuestión nacional
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Lejos de reconducir la situación, las elecciones del 21D, convocadas desde Madrid a través del 155, y a pesar de la represión y de las zancadillas del Estado, dieron una nueva victoria al independentismo, perpetuando el conflicto y la inestabilidad. Los resultados representan un duro golpe contra el españolismo reaccionario, con un aumento del apoyo a las fuerzas republicanas de unos 100.000 votos y un claro rechazo al 155 y al bloque monárquico.

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El bloque monárquico

La derrota del bloque del 155 es un recordatorio de que las bases sociales y políticas del régimen del 78 en Catalunya permanecen como fuerzas frágiles. Además, el colapso absoluto del PP y el éxito de Ciudadanos dentro del campo unionista ponen al PP en una lógica de competencia partidista sobre bases puramente chovinistas. Las últimas encuestas estatales, que corroboran el alza de Ciudadanos, acrecentarán los miedos del PP, y están haciendo que parte de la burguesía española se vuelque con el partido de Albert Rivera. Solamente hay que entender el origen del crecimiento de Cs durante los últimos años para comprender su rol en la política española. Con la crisis del capitalismo en todo el mundo, afectando de manera aguda al Estado español, este partido se convirtió para una de las facciones más poderosas de los capitalistas españoles en el vehículo más adecuado para la necesaria tarea de imponer recortes más brutales y preparar la resistencia de los opresores contra los oprimidos. El desgaste político del PP, enfangado en la corrupción, ha sido el factor clave para este cambio de "bando" de una parte de la clase dominante. La campaña catalana no fue nada más que la aceleración de un proceso que ya hace tiempo que se desarrolla. En este contexto, la derecha dentro del PP se está rebelando y alzando la voz.

Los intereses objetivos de la burguesía española radican en un acuerdo con los sectores moderados del soberanismo para recuperar la estabilidad institucional. Los intereses partidistas del PP sin embargo alejan cualquier pacto y atrincheran al Estado en la intransigencia y el autoritarismo. Efectivamente, la victoria de las fuerzas republicanas en Catalunya y la competencia con Ciudadanos empujan el PP hacia una perpetuación y una intensificación de la represión. Además, todo el aparato del Estado, los jueces, los fiscales, los altos funcionarios, los burócratas, los generales, y los sectores de la burguesía más ligados al Estado, y la propia monarquía, están deseosos de venganza después de las grandes luchas de masas de este otoño, y quieren reafirmar su autoridad con una caza de brujas contra el independentismo, la izquierda y la propia autonomía de Catalunya.

Los arrestos de concejales de la CUP en Reus; las innumerables imputaciones, y la macro-causa del Tribunal Supremo contra toda una serie de altos cargos independentistas y federalistas con acusaciones delirantes de rebelión y sedición; la continuación del encarcelamiento de Junqueras, Forn y los Jordis, violando incluso la propia legalidad burguesa, reflejan las pulsaciones autoritarias del Estado. De hecho, un 25% de los diputados republicanos están imputados en causas contra el proceso, y ocho de ellos en prisión o en el exilio. Un hecho anecdótico pero bastante sintomático de la situación fue la polémica entre El País, órgano de referencia de la burguesía española, y TV3, a raíz del artículo que publicó el diario acusando a la televisión catalana de "parcialidad" con todo tipo de falsedades y distorsiones, y que fue reprobado como calumnia incluso por un juzgado de Barcelona que le obligaba a publicar una rectificación. En vez de retractarse, El País volvió a publicar el artículo y una editorial furiosa contra TV3 y contra el propio juez.

El 155 marca una involución autoritaria del régimen del 78 que tendrá repercusiones en todo el Estado, no sólo en Catalunya. La intervención del ayuntamiento de Madrid y de las cuentas del País Valenciano muestra el alcance de este proceso. Por un lado, el PP ve la oportunidad de utilizar la histeria nacionalista para atacar a la izquierda estatal e imponer sus recortes; por otro, su crisis política y su competencia con Ciudadanos le obligan a presentarse como el partido de la "mano dura", no sólo contra los independentistas catalanes sino contra toda la izquierda, los soberanistas, los movimientos sociales, y contra cualquier desafío al status quo. Hay que decir que la posición ambigua y equidistante de la izquierda estatal frente a la cuestión catalana ha facilitado esta involución autoritaria, de la que ellos mismos serán víctimas como se ha visto en Madrid.

En este momento, lo más preocupante para el Estado es la crisis política inmediata que se abre a raíz de la reelección de Puigdemont. Con una mesa independentista, parece muy probable que se intente investir a Puigdemont a distancia, algo que el Estado no puede aceptar. Una hipotética vuelta de Puigdemont, con su previsible arresto inmediato, agudizaría la crisis aún más. Incluso si, por cuestiones administrativas o por las divergencias con ERC y la CUP, no invisten a Puigdemont, cualquier gobierno encabezado por independentistas será visto por el Estado como ilegítimo y como una amenaza. En definitiva, lo que se puede decir sin lugar a dudas, es que después del 1-O y del 21-D, el Estado sólo puede gobernar Catalunya con métodos autoritarios y bonapartistas y con la complicidad de los dirigentes de ERC y JxCat que no están dispuestos a tomar las medidas necesarias para desafiarlos. La continuación del 155, o una nueva convocatoria de elecciones en condiciones más represivas aún, están pues claramente sobre la mesa.

El soberanismo

Como ya explicamos, la victoria de JxCat el 21-D no refleja, como dicen algunos, un giro a la derecha. Esta formación hizo una campaña más dinámica, más optimista, e incluso más radical que ERC. La baza emocional de recuperar al presidente legítimo de Catalunya hizo a muchos votar por la "lista del President", vista como la forma aparentemente más práctica de golpear al Estado y protestar contra el 155. JxCat no representa al viejo pujolismo. La crisis económica y social que se abre en el Estado español a partir de 2008 empujó a la antigua CiU hacia la demagogia, separándola cada vez más de sus amos de clase tradicionales, y reforzando su carácter pequeñoburgués. La escisión con Unió, la dimisión de los consejeros este verano, el amotinamiento de Santi Vila y, más recientemente, la dimisión de Artur Mas de la dirección del PDeCAT (el demiurgo por excelencia del procés), son hitos en este desarrollo. El 21-D la burguesía catalana no apoyó a JxCat, sino a Ciudadanos o al PSC. Aunque Puigdemont no representa directamente los intereses de la burguesía catalana, no podemos olvidar que él mismo ha reconocido públicamente que su programa económico coincide con el del PP. Como ya dijimos, hoy Puigdemont tiene más en común con Francesc Macià que con Francesc Cambó. Además, los cargos de JxCat (una cáscara burocrática) están metidos en una dinámica de supervivencia política por encima de los intereses de clase de la burguesía catalana.

El hecho más notable en este sentido es la situación de Puigdemont, que quiere ser investido para permanecer en el centro del conflicto con el Estado. Así pues, irónicamente hoy JxCat se muestra más intransigente hacia Madrid que ERC. Aún así, el radicalismo verbal de Puigdemont no nos puede hacer olvidar en ningún momento que éste carece de cualquier estrategia real de lucha contra el Estado más allá de las llamadas utópicas a una UE hostil. El derecho a la autodeterminación en el Estado español es una tarea revolucionaria que un dirigente como Puigdemont no puede llevar a cabo victoriosamente.

Efectivamente, ERC se muestra desmoralizada y asustada. Toda su estrategia de lograr la independencia buscando grietas dentro de la legalidad del régimen del 78 ha demostrado ser una utopía reformista, y, golpeada por la represión y superada contra todo pronóstico por JxCat, se encuentra desorientada. Los últimos mensajes de Marta Rovira llamando a la moderación y a superar las fronteras del independentismo evidencian un alejamiento de la estrategia de Puigdemont y, posiblemente, la búsqueda de un gobierno autonómico encabezado por ERC con el apoyo de los Comunes; es decir, un retorno al autonomismo. Pero la aritmética parlamentaria, las exigencias de Puigdemont, y, sobre todo, el autoritarismo del Estado, hacen esta hipótesis altamente improbable.

Sólo el pueblo salva al pueblo

La lógica de la cuestión nacional no sigue ejes de clase claros, sino que se desarrolla sobre líneas accidentadas de supervivencia política, competencia partidista, y duro enfrentamiento institucional. La radicalización de las masas de los últimos años hace imposible a los representantes políticos gobernar como antes, generando inestabilidad y crisis políticas. Esta realidad, el divorcio relativo entre la burguesía y sus representantes políticos tradicionales, refleja la profundidad de la crisis del régimen del 78, enmarcada a su vez dentro de la crisis mundial del capitalismo.

Así pues, se puede decir que la crisis catalana se desarrollará con convulsiones y siguiendo cauces difícilmente previsibles, donde los individuos jugarán un papel importante. Lo que se puede decir con toda seguridad sin embargo, es que la revolución democrática catalana, el desafío más grave al régimen del 78 en su historia, no ganará en el plano institucional, sobre todo teniendo en cuenta la debilidad de su dirección actual. Dentro del marco legal y parlamentario, el Estado tiene todas las de ganar. Sólo avanzará con movilización en las calles y en los lugares de trabajo. Sólo el pueblo salva al pueblo; el pueblo sólo puede confiar en sus propias fuerzas. Por ello, hay que vincular la lucha por la República catalana con las luchas concretas de cada día por pan, techo y trabajo, al tiempo que se vincula la República por la que luchamos con las luchas de la clase trabajadora y los oprimidos de todo el Estado español. La disyuntiva actual, con las negociaciones de gobierno, favorece la desmovilización de las masas, que los representantes de JxCat y ERC buscan para poder llegar a sus pactos y acuerdos tranquilamente entre bastidores. La CUP, los CDRs, el sindicalismo combativo, y toda la militancia revolucionaria, deben prevenir contra la pasividad y continuar construyendo el movimiento desde abajo, al tiempo que luchando por darle la dirección revolucionaria que necesita para triunfar.