La situación social y política en Francia evoluciona a una velocidad vertiginosa. En menos de un mes, el desarrollo del movimiento de los chalecos amarillos ha puesto al país en el umbral de una crisis revolucionaria. En los próximos días, dicho umbral puede ser traspasado. 

Desde primeras horas del 1 de diciembre, la plancha del Zócalo en la Ciudad de México fue testigo de la llegada de miles de personas para presenciar la toma de protesta del nuevo gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador, quién por la mañana acudió a la Cámara de Diputados a la ceremonia oficial y posteriormente habló frente a 160 mil personas quienes abarrotaron la principal plaza pública del país. Estos acontecimientos son inéditos en la historia reciente, marcada por imposiciones y fraudes electorales; recordemos que en las elecciones locales y federales, el ambiente en las calles durante la toma de posesión de los anteriores presidentes fue de rechazo, oposición y de un profundo malestar entre amplios sectores de trabajadores y la juventud. En esta ocasión no fue así, las masas se volcaron a las calles, a festejar un triunfo que sienten como suyo.

Si se preguntara “¿cuál es la profesión menos proletaria?”, muchos podrían mencionar al diseñador de videojuegos entre los primeros lugares. Hasta hace poco, esa opinión podría haber sido compartida por la mayoría de los diseñadores de juegos. Pero ahora esto está cambiando rápidamente. Se está produciendo una bola de nieve de desarrollo de la conciencia acerca de la explotación extrema en la que se basa la industria de los videojuegos.

Las protestas de los Gilet Jaunes (chalecos amarillos) en Francia están en un punto de inflexión. Enfrentado a la creciente radicalización de la protesta, que ahora amenaza la supervivencia de su gobierno, Macron cambió su tono desafiante y prometió "suspender" el aumento de los impuestos sobre los combustibles que provocó el movimiento. Este paso atrás se produjo después de las batallas callejeras del fin de semana entre miles de manifestantes y la policía que dejaron más de 200 heridos solo en París y resultó en al menos una muerte.

El discurso de Macron del martes por la mañana fue una larga e interminable provocación. Mientras que los chalecos amarillos exigen, como mínimo, medidas inmediatas contra la carestía de la vida, el Presidente habló sobre todo de la situación mundial en el horizonte 2050. No nos ahorró ninguna consideración de "método" ni de "pedagogía". Pero no anunció ni una sola medida concreta. La modulación de los impuestos en función del precio del petróleo no es una medida concreta: es una vaga hipótesis, sin coste y sin plazos.

En este momento está reunida en Buenos Aires la cumbre del G20, teóricamente las 28 mayores potencias económicas del mundo. Macri recién firmó un paquete de ajustes sanguinarios para el año que viene, pero para organizar esa reunión de sanguinarios destinó 3.000 mil millones de pesos. Y una buena parte de esos pesos fue invertido en represión, para contener a estudiantes y trabajadores que se manifiestan contra la ofensiva capitalista en Argentina.

En Francia, cientos de miles de personas participan desde mediados de noviembre en el movimiento de los chalecos amarillos, a través de múltiples cortes de carreteras, para manifestarse contra la subida de los impuestos sobre los carburantes y, en general, contra la cada vez mayor carestía de la vida. Este movimiento es el resultado inevitable de una crisis económica cada vez más problemática para el actual gobierno Macron; entre los recortes en las ayudas sociales, el aumento de impuestos y otras medidas de austeridad, el movimiento de los chalecos amarillos refleja la asfixia de la población francesa, estrangulada por el estancamiento de los salarios y el aumento continuo del coste de la vida.