Nouriel Roubini es un economista burgués interesante y poco ortodoxo. Su fama se debe principalmente a que predijo correctamente la crisis financiera de 2008, una hazaña que no le hizo gracia a la mayoría de los demás economistas, que no predijeron absolutamente nada.

En los últimos meses, los bancos centrales se han apresurado a subir los tipos de interés para controlar la inflación. El 2 de noviembre, la Reserva Federal introdujo otra subida de 0,75 puntos porcentuales, y al día siguiente hizo lo propio el Banco de Inglaterra.

Ante el descontrol de la inflación, los bancos centrales están subiendo las tasas de interés, provocando una recesión. La clase dominante está cada vez más dividida, a medida que se profundiza la crisis del capitalismo. Solo la revolución socialista puede proporcionar una salida a este callejón sin salida.

El capitalismo es incapaz de ofrecer una existencia decente y digna a los trabajadores y a los pobres, pero proporciona un lujo inimaginable a la élite. Mientras miles de millones luchan por encontrar lo suficiente para comer, los multimillonarios cenan como la realeza. Las necesidades de la vida son cada vez más inalcanzables, pero los gobiernos capitalistas invierten miles de millones en instrumentos de muerte. Citando a Marx, ésta es la economía del manicomio.

A principios de este mes, un colapso de la magnitud de las mayores caídas de la historia reciente sacudió los mercados. La bolsa de valores Nasdaq cayó casi un 30% en una semana, y la capitalización del mercado de las criptomonedas cayó simultáneamente un 50%. Cientos de miles de millones de dólares se esfumaron en solo siete días. Desde entonces, no ha habido recuperación.

El coste de la energía se ha disparado. A los representantes de la clase dominante europea les preocupa mucho que esto pueda conducir a la desindustrialización, al desempleo y a una respuesta contundente de la clase trabajadora. Se habla de un nuevo invierno del descontento.

La crisis de Ucrania ha creado una tormenta inflacionaria perfecta. La guerra, las sanciones occidentales a Rusia, la pandemia, el proteccionismo y el cambio climático están deshaciendo décadas de bajos precios de las materias primas en una crisis que no hace más que profundizarse.