Arte y cultura
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Estos días, la Feria de Madrid acoge una exposición del artista británico Banksy, que recorre toda la trayectoria del grafitero a través de una amplia selección de sus obras. Sus mordaces críticas al imperialismo y sus guerras, a la destrucción del medio ambiente, al consumismo desbocado, a la hipocresía y la desesperanza de la sociedad capitalista, plasmadas en las calles de numerosas ciudades, le han hecho famoso en todo el mundo. 

El eje principal del arte de Banksy es la contradicción entre la cultura oficial que se transmite a través de los medios de comunicación, la cultura de masas, las redes sociales, la publicidad y la política burguesa, que hace exaltación de una felicidad despreocupada, sensual y cortoplacista, de la libertad individual expresada a través del consumo, de exigentes cánones de belleza, de la “democracia” y el “libre mercado”, y la vida real de la mayoría de las personas, marcada por la precariedad, la soledad, la inseguridad, la violencia, el miedo y, a menudo, la guerra. Yuxtaponiendo las promesas del capitalismo a la fea realidad, Banksy va al corazón de la ideología dominante y destapa su mentira. Cualquier atisbo de honestidad es rápidamente parasitado por el mercado, que corrompe todos los valores y los imbuye de falsedad. Si el sueño americano tenía una cierta base material hace cincuenta años, hoy es una farsa grotesca. 

Tan despiadada es la crítica de Banksy de todas las vacas sagradas del capitalismo, de todos los principios y valores de la ideología dominante, tan penetrante es su mirada al aparato ideológico del poder, que acaba recayendo en el fatalismo. El capitalismo es todopoderoso, todo lo corrompe y envenena, ya no es posible tomarse nada en serio. La actitud burlona e irreverente con la que trata su propia fama es representativa, vendiendo sus obras a precios exorbitados, subastando cuadros que más tarde se autodestruyen o, su ocurrencia más excéntrica, inaugurando un hotel de lujo ante el infame muro de Cisjordania. 

BanksybombBanksy es el artista más genuino de nuestra época por la maestría con la que expresa el estado de ánimo predominante, el cinismo. Esta atmósfera tiene una base política. Estamos presenciando la descomposición avanzada del capitalismo. Las bases materiales para el socialismo nunca han estado tan maduras y, de hecho, parafraseando a Trotsky, éstas comienzan ya a pudrirse. La madurez de las condiciones objetivas para la revolución contrasta drásticamente con la inmadurez del factor subjetivo, la falta de una alternativa clara al sistema capitalista. De hecho, las direcciones de la izquierda se aferran hoy más que nunca a un sistema que hace aguas por todas partes. Los esfuerzos por transformar el estado de las cosas, como en Grecia con Syriza en 2015, o en el Estado español con el 15M y todo el proceso político que dio vida a Podemos tres años más tarde, o con las esperanzas que despertó la Primavera Árabe, han conducido a reveses, derrotas y traiciones. La falta de alternativas ante el hundimiento del capitalismo sólo puede generar cinismo, fatalismo y desesperanza. La expresión intelectual y artística de este sentimiento son las corrientes posmodernas, que rechazan cualquier noción de progreso o cualquier hilo conductor en la historia. Esta es la tesitura que refleja Banksy. El contraste de sus obras con las de los predecesores del grafiti político, los muralistas, no podría ser más elocuente. Alzados por la época de grandes revoluciones que inauguró la Revolución rusa, cuando el socialismo aparecía como el gran objetivo por el que sacrificarse, los muralistas exultaban de valentía, idealismo y optimismo. Cien años más tarde, los grafitis de Banksy transmiten desazón, cinismo y fatalismo. 

Su arte recuerda a lo que decía Trotsky sobre Céline (que también escribía en una época de desesperanza): “Si Céline desdeña la grandeza de alma y el heroísmo de los grandes designios y de las esperanzas, de todo lo que hace salir al hombre de la noche oscura de su propio yo, es por haber visto a tantos sacerdotes jugosamente pagados servir en los altares del falso altruismo. Implacable consigo mismo, el moralista huye de su imagen reflejada en el espejo, rompe la luna y se corta la mano.” 

En esta época de cínicos, urge reconstruir la alternativa socialista, rearmar al movimiento con un programa y una gran idea que entusiasme, que nos eleve por encima de las mezquindades cotidianas, y ofrezca una salida a la agonía del capitalismo; que transforme el cinismo y el desasosiego en energía revolucionaria organizada.