Análisis Político
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Editorial de Lucha de Clases nº 87.- Los dirigentes sindicales llevan meses amenazando a la patronal con movilizaciones si no hay un acuerdo salarial estatal, aunque no acompañan sus palabras con hechos. Pero la paciencia de los trabajadores amenaza con desbordarse, conforme ven vaciarse sus bolsillos y empeorar sus condiciones de trabajo por la codicia empresarial y la estampida de los precios.

Una crónica del diario El País del pasado 23 de agosto recogía las siguientes afirmaciones del secretario general de la UGT, Pepe Álvarez:

“Si no hay cambio de posición por parte de CEOE, habrá movilizaciones en otoño. No vamos a permitir que los salarios pierdan poder adquisitivo. La inflación no es la misma que la del año pasado. Habrá grandes movilizaciones en nuestro país a partir de septiembre si no hay un acuerdo que permita poder adquisitivo”.

Desde luego, apoyamos una respuesta de lucha para combatir esta situación. Ahora bien, estas declaraciones resultan ser casi las mismas que los dirigentes de UGT y CCOO vienen realizando desde comienzos del año, sin correlato con los hechos. Al principio, amenazaron con una “primavera de luchas”, luego anunciaron movilizaciones generales en junio, y ahora prometen un “otoño caliente” ¿Puede extrañar,  entonces, que la patronal CEOE no tome en serio a estos dirigentes ni sus amenazas de movilización?

Los salarios suben por la escalera, y los precios por el ascensor

Mientras tanto, según los últimos datos disponibles, la brecha entre inflación y sueldos se agranda: los precios subieron un 10,8% en julio y un 10,4% en agosto, mientras que las retribuciones pactadas por convenio lo hicieron un 2,56%. Ese 8% de pérdida de poder adquisitivo va a engordar directamente los bolsillos de los empresarios, a costa de estrechar y degradar las condiciones de vida de las familias obreras.

Sólo aquellas luchas aisladas que consiguen superar la parálisis e inacción de las direcciones sindicales consiguen mejorar el porcentaje de subida salarial (como el 4% del metal de Cantabria) pero sin acercarse a la inflación real.

Además, de los 2.428 convenios registrados hasta el 31 de julio –que abarcan a más de 6,8 millones de trabajadores, el 62,5% de la fuerza laboral– sólo 358 tienen cláusulas de garantía salarial (una recuperación parcial de la diferencia entre el aumento salarial y la inflación real) que afecta sólo al 25,28% de los trabajadores bajo convenio.

¿Por qué la patronal no quiere pactar?

Los sindicatos mayoritarios y la ministra de trabajo, Yolanda Díaz, no paran de exigir a la patronal que se siente a la mesa y sea razonable. En realidad, la cerrazón patronal a negociar un aumento salarial de referencia para todos los convenios no tiene que ver con la propuesta de aumentos de UGT y CCOO, escandalosamente modesta y  alejada del aumento de los precios: un 3,5% en 2022, un 2,5% en 2023 y un 2% en 2024. Lo que objetan los empresarios es la pretensión sindical de incluir cláusulas de aumento salarial (garantía salarial) que recuperen una parte de la diferencia con la subida de los precios, al final del año. Es decir, la patronal quiere mantener la situación actual que padecen el 75% de los trabajadores, sin cláusulas de revisión salarial, con pérdidas del poder adquisitivo del 7%-8%, mientras ellos se llenan los bolsillos con el aumento de los precios de sus mercancías y servicios.

No hay negociación “inteligente” ni “astuta” posible con los empresarios. Estos solo entienden el lenguaje de la fuerza, de la lucha de clases. Y no es sólo la cuestión salarial lo que indigna a sectores amplios de la clase trabajadora, sino las condiciones asfixiantes de superexplotación y indefensión laboral que afectan a todas las capas de la clase, comenzando por los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes.

Una explotación atroz

En un par de artículos de El País sobre las condiciones precarias, eran muy esclarecedores los testimonios de algunos de estos trabajadores y trabajadoras.

Así, por ejemplo, en el sector de logística, se recogía el testimonio de un trabajador que no quiso dar su nombre:

“Muchos nos enteramos de si trabajamos o no en el mismo día, a pocas horas de tu turno. Contratos de un mes, de dos semanas, de unos pocos días... ¿Tú crees que así se puede vivir? El nuevo contrato de fijo discontinuo está sirviendo para camuflar estas situaciones.” (El País, 16 agosto)

Hugo Carrasco, extrabajador de logística, comentaba:

“El ritmo de trabajo en muchas plantas es infernal. Había un sitio en el que íbamos tan rápido que por las noches soñaba con cajas”. “Hay muchos almacenes que son la puta selva, con jornadas eternas y un jefe dando voces para que descargues como una bestia. Ese jefe te grita: ‘Espabila, que mira como tu compañero va a toda hostia’. Claro, ese es el de ETT que si no se revienta el cuerpo no le llaman al día siguiente. Animan a los compañeros a competir entre sí, a ser el mejor esclavo de la plantación”, comenta Carrasco, que ha visto a compañeros “drogarse” para trabajar más rápido. (Ibídem).

En otro artículo de El País, se recogía el testimonio de una trabajadora de limpieza de hotel en Ibiza, Milagros Carreño, de 55 años, una Kelly:

“Me tomo mínimo seis pastillas al día para aguantar: antinflamatorios por el dolor en todo el cuerpo, relajantes musculares por la tarde, medicación para la depresión, protector de estómago...”. (El País, 10 de julio).

Este sudor, estas lágrimas, esta molienda de músculos, huesos y nervios; este sufrimiento humano, son la fuente de donde manan los beneficios empresariales sin excepción.

Lucha organizada… o estallido

Si estas capas más explotadas vieran en los sindicatos unos organismos de lucha dispuestos a organizar un combate serio por los derechos laborales encontrarían en estos millones de trabajadores oprimidos una fuente inagotable de organización, adhesión, entusiasmo y disposición a la lucha. Hay que agrupar a todos los sectores y capas de la clase trabajadora.  Nuestras banderas de lucha deben ser: aumentos salariales iguales a la inflación real, condiciones de trabajo y salariales dignas, no morir ni destruirnos física y psicológicamente en el puesto de trabajo; trabajar para vivir, no vivir para trabajar.

En el mismo artículo de El País, que daba inicio a este editorial, Pepe Álvarez finalizaba:

“En el mes de octubre, como muy tarde, vamos a coordinar a todos los sectores que están en este momento negociando convenios. Vamos a coordinar todas las huelgas de los diferentes sectores, algunas son intermitentes, para poder coincidir en jornadas completas de lucha que movilicen al conjunto del país”.

Lucha de Clases siempre ha defendido esta táctica, la única viable. Este debe ser el camino. Lo que falta por comprobar es si los dirigentes sindicales son sinceros y honestos en sus afirmaciones.

Pese a la orfandad de dirección sindical combativa existente, la presión irresistible desde abajo está introduciendo un cambio en el ambiente social. A raíz de las luchas de Tubacex en Euskadi y el metal de Cádiz en el otoño pasado, empezó a abrirse una nueva psicología en capas creciente de trabajadores. Hoy el ambiente es otro. De enero a julio de 2022, el número de trabajadores en huelga y de horas de trabajo perdidas por conflictos laborales se han incrementado un 150% respecto al mismo período de 2021, con más de medio millón de huelguistas y casi 20 millones de horas de trabajo perdidas.

Las condiciones objetivas para dar una lucha frontal a los parásitos y chupasangres del empresariado están, la indignación está, la disposición a la lucha vemos que también está, respaldada por estadísticas; lo que hace falta es que las direcciones sindicales de UGT y CCOO pasen de las palabras a los hechos. La inacción sindical en este ambiente, más la insolencia empresarial y las condiciones asfixiantes de vida harán inevitable una explosión de luchas, y son los dirigentes de UGT y CCOO quienes deben decidir si encabezar este movimiento o ser sobrepasados desde abajo por sus bases.

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