Nuevamente la sociedad salvadoreña ha experimentado un horroroso baño de sangre. El pasado 26 de marzo se registraron 63 muertes en tan solo 24 horas; y desde el viernes 25 hasta la madrugada del lunes 28, la PNC informó que habían muerto un total de 87 personas en esta escalada de violencia. Una cifra de homicidios y feminicidios que supera los récord históricos de asesinatos de la posguerra.

Miles de centroamericanos, principalmente hondureños, se han venido sumando en la caravana migrante, fueron recibidos el día de ayer, 19 de octubre, en la frontera sur de México con gases lacrimógenos, con cientos de policías militares y aviones volando sobre sus cabezas causando ruidos ensordecedores. Esta es la política migratoria que el imperialismo americano ha forzado a implementar al gobierno mexicano desde hace años. No es incorrecto decir que la frontera americana comienza en el Río Suchiate y no en el Río Bravo. El gobierno y la burguesía de Estados Unidos consideran a México su patio trasero el cual tiene que implementar y defender todas sus políticas de “seguridad”.

La lucha se agudiza a un ritmo acelerado, en toda Honduras se vociferan los gritos de la clase oprimida por la emancipación del yugo del sistema; el agitado movimiento de la clase oprimida aglutinado en la plataforma por la no privatización de la salud y la educación ha sido muy efervescente y digno de ser catalogado como unos de los movimientos de masa más extraordinarios desde la sangrienta usurpación del poder por parte de la institución política más asesina de Honduras: el Partido Nacional. Todas las luchas por modestas que parezcan se insertan en una lucha general contra la dictadura burguesa que el capitalismo internacional fortalece. Nuestro papel es integrar todos esos combates a la lucha de clases.

El pasado 14 de julio, el primer ministro de Haití, Jack Guy Lafontant, presentó su dimisión tras una semana de movilizaciones que adquirieron un carácter insurreccional. El presente artículo, escrito en los días inmediatamente anteriores, y que ya anticipaba la caída del gobierno, expone las características de este movimiento y las causas que han provocado el actual estado de rebelión de las masas empobrecidas de Haití, y las perspectivas que están por venir.

El pasado domingo 3 de febrero tuvieron lugar en El Salvador las elecciones presidenciales, quizá uno de los eventos electorales más trascendentales de la historia política de este siglo. Para sorpresa de muchos se cumplieron los resultados de las encuestas casi a cabalidad, los cuales daban como ganador a Nayib Bukele con una amplia ventaja sobre los otros candidatos y que además apuntaban a que todo se definiría en primera vuelta. Después de unas elecciones sumamente polarizadas, donde solo la mitad de los electores salieron a votar, se abre un nuevo periodo convulsivo para la lucha de clases, y todos los revolucionarios debemos estar preparados para este cambio de época.

Nicaragua ha entrado en un proceso convulsivo, las contradicciones profundas de la sociedad capitalista están expresándose y saliendo a la superficie de manera espontánea, y ante la ausencia de una dirección revolucionaria se manifiestan de manera confusa, poco clara. Lo que se esperaba como la etapa inicial de cambios y transformaciones con el regreso del sandinismo al poder en 2007 después de casi dos décadas en la oposición, no resultó ser así. Lo que hemos visto en los últimos años en Nicaragua, bajo el gobierno de Daniel Ortega, es un pacto con los empresarios y la iglesia católica para garantizar la “paz social” sobre la base de la explotación de la clase trabajadora, esto nada tiene que ver con el socialismo revolucionario ni con las aspiraciones históricas de las masas sandinistas.